martes, 4 de agosto de 2009

Por la tarde, mientras reflexiona boca abajo sobre su cama acerca de los últimos eventos, siente la impetuosa necesidad de salir de casa, y al atravesar el pasillo hacia las escaleras, se encuentra con su madre, quien lo saluda sonriente:
-Hola, Samuel –respondiendo él, de igual manera
-Hola, mamá. –Y, al momento de darse ambos la espalda, cambian las sonrisas por muecas de antipatía y cinismo. Ella no veía en él más que a un sujeto que había tratado de destruir su matrimonio; un mentiroso. No lo encontraba justo: no era justo que perdiera su cariño porque no le creyera…

Caminó durante horas y, finalmente exhausto, se dejó caer sobre una banca, en una plaza. Ya era de noche, cuando…
-¡Hey, tú! –Sam voltea en dirección a la voz, en actitud expectante, y ve a un monigote palurdo que, en postura de amenaza, le exige su dinero. Sam se levanta y acota, a modo de ironía o burla, agregando un obvio toque de molestia por lo absurdo de la situación
-¿Qué es esto, una película americana? –Mas, como el sujeto no estuviese de humor para bromas, lo alza del cuello de la ropa
-¡Te lo advierto! –“¡Uy, qué rudo!”, piensa Samuel para sus adentros, sarcástico.
-No tengo un peso siquiera –encogiéndose de hombros-, lo lamento. –A lo que el monigote le responde con un rodillazo al estómago y un puñetazo que lo deja en el suelo.
Cuando por fin se largó, lo hizo con sus zapatillas. Mas no le importó. Tal parecía que, en ese momento, lo mejor sería ir a casa…, pero, por supuesto, erraba. Con las narices y la boca sangrantes, más la herida en su frente nuevamente abierta, el aspecto que brindó a su familia era aterrador…

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