-¿Cuál es tu problema? –pregunta Sam.-No, ¿cuál es TU problema? –le responde, encolerizado.
-No te entiendo…
-¡Claro que sí! ¡Primero mi prima! Y, ¿ahora Francisca?
“¡Por supuesto!”, ya recordaba por qué la familiaridad del nombre, pues ella era la chica de la que Steve estaba enamorado; se había “crucificado” solo. Quiso agacharse lentamente para coger su libro, que había caído al suelo, pero es cuando recibe una feroz patada en la cara que le revienta la boca, llamando la atención de los curiosos que andaban cerca, y de los curiosos que andaban lejos, atraídos por el círculo que habían formado los primeros.
No contento aún, Steve le propina un buen puñetazo en la mejilla izquierda, haciéndolo caer. Parecía que nadie le dijo que Sam ya estaba en el suelo, porque se veía entusiasmado con la idea de continuar golpeándolo. Pero entonces…
-¡Ya basta, Steve! ¡Déjalo en paz! –reprende Carmelia a su primo, llevándoselo al tiempo que decía a Sam-, discúlpalo…
¡Qué vergüenza tenía! Hubiera preferido mil veces que Steve lo matara a golpes, antes de que ella lo viera así…, tan miserable.
Sintió una mano en el hombro y una voz que le preguntaba, “¿Estás bien?”, mientras le ayudaba a levantarse del suelo.
-Sí, estoy bien… Gracias. –Mentira. No estaba bien. Ya sentados ambos en una banca cercana, y habiéndose disuelto el tumulto de curiosos…
-¿No te golpeó demasiado fuerte? Es decir, no te rompió nada, ¿o sí? –preguntaba, a la vez que le extendía un pañuelo para limpiarse la sangre de la boca.
-Fue algo más lo que me rompió.
Y, viéndose tan necesitado de un poco de desahogo, le contó casi toda su vida a este perfecto extraño, impactándolo… un poco.
-Realmente lo lamento -respondió.
-Sí, también yo.
-¿Te sientes bien? Estás muy pálido…
-No hay de qué preocuparse, suelo verme así todo el tiempo...
Un poco más aligerado el ambiente luego de unos instantes,
-¿Te diste cuenta? Hemos charlado muchísimo rato, y sin embargo, no nos hemos presentado siquiera: Me llamo Carlos – De pronto se percata de que, en efecto… era cierto.
-Samuel.
-¿En qué curso estás?
-En Segundo B.
-¿Ah, sí? Hubiera jurado que eras mayor. ¿No has repetido?
-No.
-Yo soy del Segundo A.
Y, transcurridos otros minutos…
-En fin, fue un gusto conocerte, Carlos, y… pues supongo que gracias. Adiós.
-Hasta luego.
Mientras Samuel camina por el corredor hacia su siguiente clase, pensando en lo alegre y cordial que aquel joven había resultado ser, aparece de manera abrupta Francisca en actitud lastimera, diciendo
-Samuel, ¡lo lamento tanto! No fue mi intención causarte problemas -, pero él sigue caminando sin detenerse siquiera.
-No te preocupes; no pasó nada...

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