Momentos más tarde, ya habiendo cubierto la herida de su frente, y sentado sobre la cama de espaldas a la puerta, se oye el leve chirrido de ésta, y reacciona-Si eres mayor de 15, no puedes pasar –y es cuando una dulce voz le responde
-Yo sólo tengo diez, ¿puedo? –Sam voltea, y descubre a su hermana mirándolo sonriente, quien luego de arrodillarse junto a la cama, apoyar los codos sobre ésta y la cabeza entre sus manos, pregunta-. -Hermanito, ¿qué te pasó en la cara?
Consulta justamente hecha, en evidencia del mal parchado de la sien y el moretón en su mejilla. E, intentando hallar una excusa, CUALQUIER excusa, él responde:
-Me caí de un árbol –especialmente porque Sam NO trepa árboles, pero Aralia continúa observándolo para responder con aire inocente un
-Aahhh… -Y, acto seguido, se abrazan-. Y, ¿por qué siempre estás tan triste?
Estremecido repentinamente por la pregunta, estrecha aún más a su hermana entre sus brazos, y contesta
-Tal vez… cuando seas mayor…, lo comprenderás.
Al otro día, no tenía la más mínima intención (o ganas) de ir a clases. Pero fue, lógicamente; era su “deber”. En eso se encuentra con Carlos en el pasillo. Éste, al ver el parche, exclama
-¡Cielos! ¿Qué te ocurrió en la frente? –a lo que Sam responde, frío y algo molesto
-Nada importante.
Como la noche anterior no pudiese dormir, se dedicó a ello en clases. Mas al recreo…
-Samuel…
-Carmelia… -se muestra sorprendido del abordaje.
-Ayer quedé sumamente preocupada, ¿te encuentras bien?
Intentando zafarse del incómodo contexto, la evade, tratando de seguir andando
-Sí, sólo fue un pequeño mareo –alejándose. Mas ella le increpa
-Pero Samuel, ¡no estabas respirando!¿Qué fue lo que te pasó? –a lo que él voltea y grita con los dedos crispados
-¡Dios santo, Carmelia, si lo supiera…! –dándose cuenta del error al hablar de esa manera, relaja las manos- Lo siento… lo lamento mucho.
-No lo entiendo… ¿Por qué me tratas así? Si yo me preocupo tanto por ti –con un halo de ilusión, él interrumpe
-¿De verdad…?
-Oh, olvídalo. –y se marcha.
Percatándose de la soberana metida de pata que había logrado, y del daño hecho, un enorme malestar se apodera de él y, sujetándose el estómago, encuentra en el patio a Carlos que, alarmado, pregunta
-Samuel, ¿qué ocurre?
-No me siento muy bien –casi desvaneciéndose. Pero Carlos lo sujeta, e intenta tranquilizarlo
-Déjame ayudarte… Vamos, vamos a sentarnos –Una vez acomodados-. ¿Qué pasó? ¿Qué tienes?
Y, sin desvariar, le contó todo. Odiaba aquella maldita vulnerabilidad frente a los problemas y sus sentimientos… Sobretodo por Carmelia…
-Nunca antes había discutido con ella, ni nada parecido.
-¿Qué hiciste con el parche que tenías puesto?
-Me lo quité.
-¿Por qué?
-Porque no servía. De todas formas, la herida no iba a sanar –adquiriendo un semblante trágico-, si es que entiendes a lo que me refiero.
-No es por molestar, pero… –comenta él- está volviendo a sangrar.
-Qué más da…
Carlos mira con detenimiento las gotas que caen sobre el suelo desde su frente, y ante la impotencia que le produce no poder hacer nada por ayudarlo, lo abraza en silencio. Sam, sorprendido por el gesto, le comenta
-Gracias. Realmente, Carlos. Me has apoyado mucho estos días… Te lo agradezco. –y entonces, llora.

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