martes, 25 de agosto de 2009

La noche se convirtió en día, y a la hora del desayuno, mientras la madre lava los platos:
-Tu padre no llegó anoche. Estoy preocupada, muy preocupada…- Su hermana lo mira, y pregunta

-Samuel, ¿tú sabes dónde está?- Y él, forzando una pequeña sonrisa

-No, Aralia, no lo sé.- Pero su mirada no mentía, malestar que Aralia pudo notar casi de inmediato. Luego ambos partieron a la escuela.


Le parecía imposible seguir. Estaba mal, todo mal. ¡Había cometido asesinato! No podía soportarlo…¡No sabría sobrellevarlo! ¿Cómo? ¿Cómo…? Y en eso, la profesora lo saca del aula. Una vez fuera, ella lo abraza fuertemente.
-¡Ay, querido mío! ¡Malas noticias!- “¿Qué?”, piensa él.- Tu padre… tu padre fue encontrado muerto esta mañana frente a la estación de policía…
“¿En la estación de policía?”, piensa inquieto, “¿cómo es eso posible? Si yo lo dejé en…” -Sé que es espantoso… Debieras retirarte por hoy, estar con tu familia.
-No, no- interrumpe Samuel-… Prefiero quedarme aquí.

-Pero—
-¡Prefiero quedarme aquí!- “No soportaría ver la cara llorosa y destrozada de mi madre… Y Aralia… Oh, Dios mío, mi querida Aralia…”, se arroja de rodillas al suelo, sujetándose la cabeza con ambas manos, “¡Dios mío! ¡¿Qué he hecho?!”

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