martes, 4 de agosto de 2009

-¡Hasta cuándo seguirás con esto, Samuel!- reprende su padre, mientras él contiene la hemorragia con un pañuelo.- ¡Si te decimos algo, haces lo contrario!
-¡Estás hablando incoherencias!- se altera- ¿Qué acaso esto también es mi culpa?
-¡Claro que es tu culpa!
-¡Yo no pedí que me asaltaran!
-¡De haber estado en casa temprano, te habrías ahorrado todo esto!
Sam sabe que es verdad, pero le es difícil aceptarla viniendo de él, y duele…, así que prefiere callar.
Éste abandona la habitación y, al momento de cerrar la puerta tras de sí, echa una última mirada a su hijo, ablandándose su expresión, mientras reflexiona sobre su propio comportamiento, dándose cuenta de lo duro que es, haciéndose consciente de sus propios errores; anhelando evitar que los cometa él también… Y odiándolo por hacer lo correcto, aquello que aún no ha hecho, ni probablemente se atrevería a hacer…: Confesar.

Por otro lado, ya solo en su habitación, Samuel perdía el control sobre sí mismo, cargado por el odio que sentía en ese instante. Porque, ¿qué podía hacer? ¿Qué hacer en momentos como ése? ¡Estaba desesperado! Sólo se le ocurría, sólo quería matarlo, matar a su padre, ¡pero no podía! Pues era más fuerte, lo sabía…, y eso le frustraba. Tanto daño había hecho, y TANTO le había quitado… Lo odiaba. No bromeaba, ya era definitivo. Odiaba a ese hombre…; aquel sujeto ya no era su padre.

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