Lo enviaron a uno de aquellos reformatorios, correccionales o como fuera que se llamasen… Él lo denominaba de una sola forma: El Purgatorio.
Echó un vistazo general al entrar. Las cosas no serían nada agradables; eso era seguro.
Cuando entró a la que dijeron era su celda, se sentó en el camarote inferior, y tomándose la cabeza con las manos, al tiempo que apoyaba los codos sobre las rodillas, exhaló un
-¿Qué he… hecho?
-Lo mismo me pregunto yo- respondió una voz, sorprendiéndolo. Levantó la vista hacia el camarote sobre él, y ahí estaba: un joven observándole de vuelta y que, en un movimiento ágil, bajó y se paró a su lado, apoyando el cuerpo en el pilar de la cama.
-Prefiero no hablar de eso- dijo Sam, dirigiendo la mirada al piso.
-Como quieras- acotó el desconocido con la sola intención de crear una conversación y, extendiéndole una mano, dijo-. Soy Alex.
-Samuel- estrechan manos.
-Un gusto.
-Las circunstancias no son tales como para, francamente, decir lo mismo. Lo siento- soltándose.
-Sí, comprendo- responde, amigable. Luego frunce el ceño y, dándose cuenta de su naturaleza, le previene:-. Mira, te lo diré sin rodeos. Este lugar es muy similar a una simple escuela, en cuanto a variedad de gente: habrá gente agradable, los más pocos, y/o abusivos; puedes hallar cualquier cosa por aquí, te lo advierto. Más vale tener cuidado, y como eres nuevo, más tú que nadie- Poco a poco la cara de Sam va transformándose, adquiriendo miedo-… Y por supuesto, de más está decir que depravados hay por doquier, en busca de “carne fresca”…
-¿Qué debo hacer?- pregunta angustiado, a lo que Alex responde con algo que lo petrifica:
-Cuidar tu trasero- dándole una palmada en el hombro.
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