Lo enviaron a uno de aquellos reformatorios, correccionales o como fuera que se llamasen… Él lo denominaba de una sola forma: El Purgatorio.
Echó un vistazo general al entrar. Las cosas no serían nada agradables; eso era seguro.
Cuando entró a la que dijeron era su celda, se sentó en el camarote inferior, y tomándose la cabeza con las manos, al tiempo que apoyaba los codos sobre las rodillas, exhaló un
-¿Qué he… hecho?
-Lo mismo me pregunto yo- respondió una voz, sorprendiéndolo. Levantó la vista hacia el camarote sobre él, y ahí estaba: un joven observándole de vuelta y que, en un movimiento ágil, bajó y se paró a su lado, apoyando el cuerpo en el pilar de la cama.
-Prefiero no hablar de eso- dijo Sam, dirigiendo la mirada al piso.
-Como quieras- acotó el desconocido con la sola intención de crear una conversación y, extendiéndole una mano, dijo-. Soy Alex.
-Samuel- estrechan manos.
-Un gusto.
-Las circunstancias no son tales como para, francamente, decir lo mismo. Lo siento- soltándose.
-Sí, comprendo- responde, amigable. Luego frunce el ceño y, dándose cuenta de su naturaleza, le previene:-. Mira, te lo diré sin rodeos. Este lugar es muy similar a una simple escuela, en cuanto a variedad de gente: habrá gente agradable, los más pocos, y/o abusivos; puedes hallar cualquier cosa por aquí, te lo advierto. Más vale tener cuidado, y como eres nuevo, más tú que nadie- Poco a poco la cara de Sam va transformándose, adquiriendo miedo-… Y por supuesto, de más está decir que depravados hay por doquier, en busca de “carne fresca”…
-¿Qué debo hacer?- pregunta angustiado, a lo que Alex responde con algo que lo petrifica:
-Cuidar tu trasero- dándole una palmada en el hombro.
jueves, 26 de noviembre de 2009
viernes, 13 de noviembre de 2009
Al día siguiente, Sam se arreglaba la corbata frente al espejo y se colocaba el saco encima. Estaba claro que no iría a la escuela. Debía estar allí; tenía que.Y, una vez allá, la gente comenzó a llegar… Él no pudo entrar.
No podía dejar de pensar en todas las posibilidades, todas las puertas abiertas o medio cerradas frente a él: Podía librarse de ella para siempre, ¡podía enviarla a prisión! Pero sería tan injusto… Aunque también ella había sido injusta al meterse con su familia, ¡al arruinarle la vida!... ¿Qué debía hacer?
Finalmente se decidió a entrar en el preciso momento en que se anunciaba el veredicto…, y la condena.
-Se le declara culpable, y deberá pasar 15 años en prisión- dijo el Juez, al tiempo que golpeaba el mesón con su mazo.
¿Debía acaso sacarla de allí? ¿Salvarla de ser inculpada por algo que NO hizo? ¡De todos modos cometió un crimen!, pero…
-¡ALTO!- Gritó. Fue entonces cuando todas las miradas voltearon hacia la figura en la entrada. Se dio cuenta de que era un momento crucial… y temblaba-. Ella… ella no lo hizo- Tanto su madre como la amante del muerto quedaron atónitas, y lo miraban atentamente-… Yo lo maté. ¡Yo maté a mi padre!
-¿Qué?- exclamó Aralia, mientras su madre pensaba en voz alta
-¡Yo estaba en lo cierto!
Un par de oficiales se acercaron a Samuel y, cogiéndolo de los hombros y brazos, sacaron unas esposas.
-Vendrás con nosotros.
Aralia zarandeaba a su mamá, gritándole que no dejara que se lo llevaran, pero ella seguía sumergida, perdida en sus pensamientos, sin poder dejar de repetir, “…Tenía razón”.
A partir de ese momento, todo lo que aún quedaba en pie, caería… Todo lo que conocía cambiaría. La tortura…, la pesadilla comenzaría. Y lanzando una dolorosa mirada al vacío, se dejó llevar a lo que creía merecía.
martes, 3 de noviembre de 2009
JUEVES.Sólo faltaba un día para el juicio. No podía esperarlo, ¡no sabría enfrentarlo! Nuevamente se sentía… enfermo.
Caminando por los pasillos de la escuela, Carlos sale a su encuentro.
-¡Hola, Sam! ¿Cómo…?- pero sin prestarle atención o verlo siquiera, Samuel pasa a su lado, y sigue de largo. Carlos voltea y piensa, “Pero qué voluble, ¿qué le ocurrirá hoy?”, mientras Sam se aleja.
-¿Nervioso?- lo aborda Steve, sorprendiéndolo sentado donde siempre-. Digo, mañana es el juicio, ¿no?- él agacha la cabeza y le responde
-Estoy…, me siento tan mal, que ni siquiera preguntaré cómo te enteraste.
-¿Qué harás?- acomodándose al lado.
-Pues ya no lo sé-elevando la mirada al cielo-, lo que sea que se dé.
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